EL PERDÓN: proceso sanador, herramienta terapéutica

Inteligencia cardíaca:

Quizá es conveniente, antes de abordar el concepto de perdón y para entenderlo mejor, revisar el de “inteligencia cardíaca”. En los ámbitos científicos y terapéuticos se sabe que esta inteligencia cardíaca no es una expresión poética o simbólica, sino que la neurocardiología ha demostrado la existencia en el corazón de una forma de inteligencia. Es diferente a la atribuida al cerebro, con mucha más influencia en nuestra vida de la que podíamos imaginar. Ambas inteligencias, la del cerebro y la del corazón, se complementan, pero el mando se sitúa en el corazón. Ya que éste genera un campo electromagnético que afecta y gobierna todo el sistema.

“El cerebro en el corazón” es un sistema nervioso cardíaco con neuronas, neurotransmisores, proteínas y células de apoyo similares a las del cerebro, mediante el cual el corazón siente, percibe, procesa, recuerda, decide y aprende de forma independiente y autónoma. Así, el corazón hace mucho más que bombear sangre al organismo. En realidad, está muy ligado a los procesos de regulación y sanación de diferentes formas.

Hasta ahora se pensaba que el sistema de entrada de información estaba por completo en el cerebro, pero ahora sabemos que el corazón recibe información en primer lugar y luego la transmite al cerebro. La investigación científica apunta al corazón como centro fundamental de inteligencia en los seres humanos. Una inteligencia cardíaca rápida, intuitiva y práctica, que nos orienta en la toma de decisiones de una manera tan precisa como efectiva. Conectar con la inteligencia del corazón, por lo tanto, supone abrirse a una mayor sabiduría para la vida.

Esta inteligencia se activa cultivando las cualidades del corazón: la intuición, la gratitud, la confianza, el coraje, la inocencia, el servicio, la empatía, la solidaridad, el humor, la amabilidad, la bondad…

Y la puerta que conduce a esas cualidades es esta: el perdón. Entendiendo el perdón como estado mental-emocional donde no hay juicio, no hay culpa ni hacia uno mismo ni hacia afuera, por tanto, hay paz. En esta paz florecen las cualidades mencionadas: humor, empatía, confianza…

El trabajo desde el corazón:

En una terapia profunda o transpersonal es muy importante llegar comprender que, tanto lo biográfico, lo familiar, el contexto perinatal (proyecto sentido) y, en suma, cualquier forma de programación o influencia que hayamos recibido, no es una desgracia. Es decir, el paciente puede soltar la culpa, y devolver la coherencia a su corazón cuando comprende, acepta y suelta esa pesada carga que son los juicios. Comprende que nada de lo ocurrido (una enfermedad, un divorcio, un accidente…) es casualidad. En la terapia transpersonal percibimos cualquier caso como la oportunidad del destino para seguir creciendo en conciencia. Todo lo que vivimos es una oportunidad para comprender y abrir el corazón. De hecho, esta programación es la aventura que hemos elegido, en algún nivel que no recordamos, para crecer y recorrer el camino hacia el Amor incondicional. Como reza la sabiduría antigua: La Vida no siempre te ofrece lo que quieres, sino lo que necesitas…

La comprensión, propiciada por los ejercicios terapéuticos, de que nuestros problemas son los hitos de un camino que conducen hacia una verdad más profunda de nosotros mismos, permite que dejemos de culparnos y culpar a otros. La terapia es entonces un espacio-tiempo amoroso y de acogida para descubrirnos y para descubrir el sentido de la experiencia que nos toca vivir. El sentido es muy importante porque el sentido que le das a tu vida es lo que finalmente vives.

El trabajo terapéutico desde el corazón busca restaurar la coherencia en nuestra vida. La simple toma de conciencia es, en muchos casos, suficiente para predisponernos al estado de coherencia; a menudo incluso trae una evidente curación física. Lo que en las Leyes del Dr. Hamer se corresponde con la solución del conflicto, que nos lleva a la fase de curación de la enfermedad. El perdón, muchas veces, es la conflictolisis (CL, en el siguiente esquema).

El Perdón como Proceso:

Aun así, el perdón puede necesitar un instante… o un recorrido, similar a las fases del duelo, que se ha de caminar acompañando a nuestro paciente. Destacamos tres aspectos: la aceptación, el poder de la palabra y el perdón propiamente dicho.

 

Aceptación y emoción oculta

“Acepta. Sólo tu alma sabe por qué vive lo que tiene que vivir”.

La aceptación es no resistirse al flujo de la vida, no resistirse a “lo que es”. Es una actitud abierta, respetuosa y poderosa. Al contrario de la resignación que es debilitante, rencorosa y enfermiza. La aceptación expande, la resignación contrae. En terapia es importante llegar a la aceptación de las circunstancias que he vivido y que vivo.

Además, es importante aceptar la emoción oculta. Cuando nos encontremos enfermos o desarmonizados, podemos reflexionar: ¿en qué no somos coherentes? En nuestro cliente o paciente veremos más claramente la incoherencia, ya que es difícil percibirla en uno mismo. Sabemos que si hay enfermedad existe una incoherencia profunda e inconsciente. Podremos encontrar y propiciar la toma de conciencia de esas emociones ocultas que hay detrás de todo acontecimiento traumático o estresante.

La emoción oculta tiene que ver con esa emoción que no pudimos gestionar en la infancia. O bien con esa emoción que “lesiona” la imagen que tenemos de nosotros mismos: imagen que construimos para ser queridos y aceptados. La mente (el ego) tapa o evita esa emoción que considera “inaceptable”, aunque el corazón la sienta. “Siento odio”, pero la mente no lo puede aceptar: “yo no odio, eso es malo”, y entonces entramos en incoherencia cardíaca. En el núcleo de toda incoherencia está la defensa de nuestra propia imagen. Por eso el perdón, en otras palabras, es renunciar al ataque y a la autodefensa, en nuestra mente.

Por ejemplo, si me he construido y me he identificado con una imagen de mí pacífica y benévola, me será muy difícil aceptar emociones como la ira o el enfado. Esto suele suceder a las personas que incurren en el llamado bypass espiritual. Se refiere a un mecanismo de salto de lo personal no resuelto a lo espiritual, siendo en realidad un salto en falso, una huida. Ocurre a menudo en las personas “demasiado positivas” o en las “complacientes” que “solo miran por los demás”, olvidándose por completo de sí mismas. En realidad, viven un alto grado de incoherencia: el desamor hacia uno mismo.

La resistencia o represión de una emoción o pulsión interior es el camino hacia la enfermedad. Esto se corresponde con la Primera Ley Biológica de Hamer (toda somatización comienza con un psico shock, una emoción que niego o reprimo). Y desencadena la enfermedad que es ciertamente la solución adaptativa y llamada de atención que el organismo nos ofrece para restablecer la coherencia. Recordemos que éticamente sí hay que controlar esas emociones para no molestar a los otros seres humanos, pero no reprimiendo sino canalizando o sublimándolas.

Así, detrás de toda patología hay una historia de emociones mal gestionadas. El corazón no entiende de razones, el corazón siente. Cuando nos sintamos enfermos podemos conectar con nuestro corazón y preguntarnos: ¿De qué se trata, de qué me está hablando todo esto? Sentir silenciosamente… Sentir es el verbo para escuchar al corazón. Por eso, la enfermedad nos viene a curar. Nos hace ser sinceros con nosotros mismos y nos lleva a tomar conciencia.

El terapeuta no podrá acompañar a otros si no está muy entrenado en su propio sentir. Si no ha hecho en sí mismo ese trabajo de auto-honestidad profundo, que es una forma de vivir. Y llevará a su cliente tan lejos como él haya podido llegar. Tiene que hacer consciente lo inconsciente. Propiciar en otro la liberación de la emoción oculta, los nudos de energía, los impactos congelados, los programas implantados, protegidos por las Creencias. Cuando todo sale a la luz y es abrazado e integrado, entonces el conflicto se puede transformar. La persona se predispone a la coherencia.

Y destaquemos algo muy importante: Después de la toma de conciencia hay que pasar a la acción. No basta con saber, hay que actuar, hay que ser. Es necesario vivir y reflejar esta nueva comprensión en la vida cotidiana, plasmar esta nueva percepción en el mundo. Por eso invitaremos o prescribiremos actos como puedan ser: escribir una carta, visitar un cementerio, desprenderse de una ropa vieja, etc.

 

El poder la palabra

“Todo aquello que no se expresa se imprime en nuestra neurología. Es una ley fundamental: lo que no se expresa, se imprime.”

[Enric Corbera]

“La importancia de la palabra es notable. Psicológicamente, somos el conjunto de nuestras palabras, y cualquier enfermedad es una palabra, no dicha por la boca, sino por el cuerpo.”

[Christian Fléche]

En la terapia profunda, el poder del silencio opera conjuntamente con el poder de la palabra. Gracias a las neuroimágenes, hoy sabemos que no es necesario un estímulo real para que el cerebro reaccione. Basta con nombrar o visualizar algo (o alguien) para que se activen las redes neuronales correspondientes. La palabra crea realidad y la expresa. Para el inconsciente lo virtual es igual a lo real.

En terapia, muchas veces descubrimos que detrás de un conflicto existe una palabra que lo inició todo: una palabra no dicha, una emoción no expresada, un trauma silenciado que incluso ha encarnado en el cuerpo para poder ser escuchado.

El hecho de escuchar con atención y sin juzgar a nadie es terapéutico en sí mismo. El hecho de expresar con libertad es un factor curativo fundamental, no juzgarse es liberarse y perdonarse. Y a la expresión le sigue el perdón, esta es la tercera clave: el que perdona se cura.

 

El perdón

“La compasión sólo es posible cuando la comprensión está presente.”

[Thich Nhat Hanh]

El perdón es el desapego, el soltar, la memoria de dolor, que se sostiene por un poder mental: el juicio. Es un camino de liberación de la mente. “Soltar” es liberarse de las creencias limitadoras, de los resentimientos, pensamientos y emociones dolorosas enquistadas; de los nudos de odio y de rencor y, sobre todo, liberarse de una amarga y profunda culpa.

Per-donare, proviene del latín: soltarlo o darlo todo. ¿Dar qué, soltar qué? La interpretación de lo que sucedió, los juicios.

El perdón es un proceso que permite ver cómo la culpa opera en nosotros. La culpa es la emoción más oxidativa para el campo electromagnético. La culpabilidad es la máxima expresión del sentimiento de separatividad, algo que atenta contra la unidad del universo. El perdón es un proceso orientado a deshacer la culpa, es decir a unir a través de la expansión de la consciencia y del cambio de percepción.

El estado natural de la mente es la paz. Lo que hay que sanar es la percepción del pasado, substituir el programa de conflicto adherido a nuestra mente. La culpa causa una distorsión mental a la hora de percibir y de mirar el mundo, y de experimentar la realidad. Y que nos mantiene en la inmadurez emocional y atrapados en lo exterior a nosotros.

Para vivir el perdón y la sanación hay que querer, comienza con una decisión: estoy dispuesto a ver esto de otra manera. ¿Pero por qué nos resistimos? Porque para poder comprender es necesario aceptar nuestra responsabilidad. Hacernos responsables de los programas de conflicto que anidan en nuestra mente. Programas que gobiernan nuestra percepción hasta que nos damos cuenta de su existencia. Cuando nos hacemos responsables de lo que expresamos y proyectamos podemos dejar de repetirlo y abandonar la adicción al programa. Esto es idéntico a lo que nos enseña la psicología estoica, la budista o el cristianismo gnóstico.

“Si yo te enseñara todos los factores que convergen en tu hermano cual tú condenas, juzgar sería imposible. Si comprendieras, surgiría el perdón.”

[Un Curso de Milagros]

Quizá lo más duro del proceso y que el paciente intuye y evita, es que, en el camino terapéutico del perdón, tarde o temprano descubrimos que la culpa que proyectamos hacia fuera, en realidad, es la culpa que sentimos hacia nosotros mismos. El mundo sólo es un espejo. El mundo nos muestra la culpabilidad que sentimos hacia nosotros mismos. Por eso, este proceso siempre nos lleva hacia el perdón a uno mismo.

Pero, como dice Platón todo “error” proviene de la inconsciencia, de la ignorancia. Mientras que la culpa nos dice algo absurdo: dice que cuando no eras consciente debiste de haber sido consciente; o que el otro debió de saber, cuando era ignorante. Por tanto, la culpa niega la realidad, niega lo que naturalmente sucede. Nos hace sentir que somos, o son, incorrectos, erróneos, o intrínsecamente malos (pecadores, se dice en las religiones). Esta sensación de verse a uno mismo como algo erróneo o malo es tan insoportable, que el mismo programa del ego elabora un aparente modo de escapar: culpar a los demás, proyectar al exterior la culpa mediante el ataque mental.

El victimismo es la metodología del programa. Todos los pensamientos, creencias e impulsos que proceden de él te llevan a buscar fuera de ti la causa de tu emoción, sea la que sea. Esta manera de ver refuerza la creencia de que eres un cuerpo sobre el que la situación produce efectos, en lugar de verte como una mente que produce experiencias. Lo que lleva a la mente profunda a somatizar en el lugar en dónde te victimizas, el cuerpo (también llamado Apis).

El perdón es la sanación de la culpa, y ésta comienza al darnos cuenta de que, de haber algo “erróneo”, ¡es la misma idea de la culpa! Sólo es un error de percepción. La Sabiduría del Amor (también llamada Seraphis) está latente en cada uno de nosotros esperando a que hagamos uso de nuestro verdadero libre albedrío, la misma libertad fundamental que nos permitió separarnos aparentemente de la Fuente o la Unidad, (también llamada Osiris).

Este camino de regreso al amor, a la salud, es el camino o el proceso de perdonar. El perdón filosófico o transpersonal no tiene nada que ver con lo que se suele llamar perdón, en las religiones. Bien entendido, es un acto terapéutico que va quitando culpa en la mente para restaurarla y recordar la unidad esencial. Así el Juicio Final sería el final de los juicios, lo que en la religión egipcia se expresaba con la idea de un hombre que se osirificaba, equivalente al entrar en Nirvana de los Budistas.

En última instancia, el perdón transpersonal brota al comprender que no hay culpa, que nunca la ha habido, ni nunca la habrá, que “no tengo nada que juzgar, por lo tanto, no tengo nada que perdonar”. Cada uno hace lo que sabe y lo que puede en cada momento, en cada fase de su desarrollo, según su propia modalidad de conciencia.

Epícteto dijo: el que culpa a los otros de lo que le sucede es un ignorante (proyecta afuera la responsabilidad de lo que le sucede, culpa o acusa a los otros). El que se acusa a sí mismo es un caballero, (está aprendiendo a responsabilizarse de sus acciones y reacciones). Y el que no acusa a los demás ni a sí mismo, ése ha terminado su educación. Quiere decir, un Buda, un Cristo, no ve culpa afuera ni adentro, está despierto.

 

La terapia, acompañamiento a la Unidad:

En un contexto terapéutico el proceso del perdón sigue las siguientes fases, que podemos acompañar como terapeutas:

  • Decisión: Quiero ver esto de otra manera.
  • Presencia en la emoción. Liberar el resentir, la presión interior. Aceptar nuestro sentir emocional. La emoción oculta es lo primero que tenemos que perdonar. Aceptar que sentimos rabia, ira, miedo… “Yo siento… y acepto mi sentir”.
  • Discernimiento. Exploración y reconocimiento de nuestros programas, creencias y proyecciones.
  • Responsabilidad. Asumir totalmente la responsabilidad de nuestras percepciones, nuestro sistema de creencias y nuestras emociones. “Si el conflicto está en mi mente, el poder de sanar también está en mi mente.”
  • Cambio de percepción. Toma de conciencia de nuestra percepción errónea. Introducir la visión y la lógica de los personajes y el mundo de las proyecciones, adentrarse en la filosofía y la visión de unidad.
  • Comprensión-Compasión. Las prácticas de presencia a través de la meditación y la atención plena son importantes para invitar a estados de conciencia transpersonales.

Las herramientas terapéuticas:

Al fin y al cabo, toda psicoterapia tiende a proporcionar un punto de vista más objetivo; busca proporcionar una visión de la situación desde otro ángulo. En la terapia transpersonal se busca que este punto de vista sea el del Ser, de la Unidad. Para ello toma prestadas herramientas de varias escuelas de psicología y desarrollo humano. Y, en cierto modo, todas son útiles si funcionan y ayudan al proceso. Destacaremos:

  • La silla vacía. Que sirve para cambiar nuestra percepción y ver lo que siente el otro. Me pone en el sentir del otros.
  • Constelaciones familiares. Me permite comprender los programas heredados, etc.
  • El árbol transgeneracional. Permite ver las dinámicas inconscientes sistémicas.
  • Los actos simbólicos o psicomágicos.
  • La sanación del niño interior; el perdón a los padres, focushing…
  • Análisis transaccional, etc.
  • Y técnicas energéticas de liberación de traumas…
  • Informacionales: flores, homeopatía, kinesiología, etc.
  • Meditación. Promueve el estado de coherencia natural.
  • Cuarentenas, retiros, silencio.
  • Ejercicio, dietas, deporte.
  • Respiración holoscópica / holotrópica

Héctor Gil García.

Profesor de Reprogramación Integrativa. Naturópata, Terapeuta Transpersonal.

Autor de “Te perdono, me perdono” (Editorial Mandala).

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